“2026: crecer sin atajos en un mundo menos previsible”

Massimo Cermelli, profesor titular de Economía y Finanzas Deusto Business School

Massimo Cermelli, profesor titular de Economía y Finanzas Deusto Business School

Las previsiones económicas no dictan el futuro, pero sí delimitan el terreno de juego. El inicio de 2026 sitúa a Euskadi y a España en un escenario de crecimiento moderado, coherente con la desaceleración de las economías avanzadas y con un entorno internacional más complejo que expansivo. No estamos ante un cambio de ciclo abrupto, sino ante algo quizás más exigente: un tiempo largo de decisiones estructurales. Las últimas estimaciones del Gobierno vasco apuntan a un crecimiento del 1,9 % en 2026 para la economía vasca, acompañado de una creación sostenida de empleo y una tasa de paro que descendería hasta el entorno del 6,4 %. Para 2027, la previsión se modera hasta el 1,6 %, reflejando un patrón de estabilidad más que de aceleración. En términos históricos y comparativos, el diagnóstico es positivo: Euskadi mantiene un perfil de bajo desempleo, cohesión social y solidez fiscal que no es frecuente en el contexto europeo.

España, en su conjunto, presenta una tasa de crecimiento algo superior, en torno al 2–2,3 %, apoyada en un mayor dinamismo del consumo y de los servicios. Esta diferencia no debe leerse necesariamente como una debilidad relativa de Euskadi, sino como la expresión de especializaciones productivas distintas. Mientras la economía española responde con mayor elasticidad a la demanda, la vasca sigue descansando sobre una base industrial que aporta estabilidad, calidad del empleo y capacidad exportadora, aunque con ritmos de crecimiento más contenidos, porque la industria y las exportaciones representan el reflejo de la coyuntura internacional ahora mismo en ralentización.

El telón de fondo global ayuda a entender esta moderación. El último encuentro del Foro Económico Mundial ha insistido en una idea clave: la economía mundial crece, pero lo hace en un entorno de fragmentación geopolítica, tensiones comerciales persistentes y elevada incertidumbre tecnológica. La inteligencia artificial, la transición energética y la reconfiguración de las cadenas de suministro no son shocks coyunturales, sino transformaciones de largo recorrido cuyos efectos serán desiguales entre sectores y territorios. Además, tenemos la economía de china que empieza a sufrir un verdadero invierno demográfico y eso no ayuda el crecimiento de la economía global.

En este contexto, la cuestión central para 2026 no es únicamente el crecimiento del PIB, sino la calidad de ese crecimiento. La experiencia reciente muestra que mantener tasas positivas no garantiza avances en productividad, salarios reales o capacidad innovadora. De ahí que el debate económico deba desplazarse progresivamente desde la cantidad hacia la composición: qué sectores crecen, con qué empleo, con qué valor añadido y con qué impacto territorial.

Euskadi parte aquí de una posición relativamente sólida. Su tejido industrial, su ecosistema de formación profesional y universidad-empresa, y su tradición de cooperación público-privada constituyen activos relevantes para afrontar esta fase. El reto no es reinventar el modelo, sino profundizar en su adaptación como en el caso del mercado laboral, donde el gran problema será encontrar trabajadores adecuados más que generar empleo. En general, las políticas económicas durante este nuevo año tendrán que acelerar la incorporación tecnológica de la industria, facilitar la escalabilidad de las pymes innovadoras y reforzar la conexión entre inversión, capital humano y productividad. A nivel estatal, las iniciativas orientadas a canalizar inversión estratégica y reforzar la autonomía económica apuntan a una lógica similar. Sin embargo, su eficacia dependerá menos del volumen de recursos movilizados que de su capacidad para inducir cambios estructurales reales y sostenidos en el tiempo.

2026 no será recordado como un año excepcional, ni para bien ni para mal. Precisamente por eso es relevante. En un mundo donde la volatilidad se ha vuelto estructural, la estabilidad deja de ser un punto de llegada y pasa a ser un instrumento. El verdadero desafío para Euskadi y España no es crecer más a corto plazo, sino crecer de manera que el próximo ciclo encuentre economías más productivas, más resilientes y mejor preparadas para la incertidumbre.

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